Durante el ultimo mes he tenido la suerte y privilegio de tratar a distintas personas en Mysore (India) durante los días que me trajeron aquí para tener la increible experiencia de practicar bajo la tutela de Saraswati en KPJAYI.
Los estudiantes de yoga son (somos) cuando mínimo curiosos.
Podría decir que todos los cuerpos que he tratado durante estos días tenían una serie de factores en común:
Una tonificación, fuerza y eslasticidad muy por encima de la media.
Una capacidad de aguante de dolor muy alta.
Pero sobre todo, les unía algo.
Las ganas de practicar. El no querer parar casi bajo ningún concepto. No bajar el listón de auto-exigencia. A pesar de dolores, lesiones, problemas fisicos, e incluso emocionales.
Es algo que ya me había encontrado en mis andares por las artes marciales, en particular por el Aikido.
El el amor, la devoción a algo que te cambia la vida día a día. El no querer parar bajo ningún concepto. Más aún sabiendo que para la mayoria de ellos, sus vidas giran entorno a esta cita.
Y en ese sentimiento, al comienzo de cada terapia, se encontraban nuestras debilidades:
Ellos admitían las suyas: el deseo, el apego a la práctica de las asanas, la falta de paciencia, la ambicion por llegar más allá, el no escuchar al cuerpo, el obviar las señales de alarma...
Y yo las mias: las ganas de ayudar, la contínua visión de la terapia como un remedio, mi enorme EGO creciendo ante las frases de gratitud de todos ellos...
Y en esa oleada de feelings encontré el equilibrio en una pregunta muy simple y a la vez muy dura...
"...¿qué prefieres? ¿Que te ayude a sanarte y reestablecer el equilibrio en tu cuerpo?
¿o quieres que haga lo necesario para que sigas practicando las asanas?..."
Esta pregunta me sirvió para situarme en mi papel secundario (que es el que me toca) dejando la reponsabilidad a quien realmente la tiene, y para conectar con la realidad de quien venía buscando ayuda, sin nisiquiera querer escucharse a sí mismo primero.
La respuesta no fue lo importante en cada caso. Sino el proceso en el que ambos nos sumergíamos. Ellos en la aceptación de sus procesos y yo en los mios. Un camino de crecimiento mutuo.
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